Monday, 3 June 2013

Saliéndose con la suya

Tanto mi madre como mi suegra tienen sus propios métodos para salirse con la suya, o por lo menos intentarlo.

Mi suegra echa mano inmediata de un lloriqueo incipiente combinado con gestos de marcada compunción así como una apesadumbraba inclinación de cabeza si a mi marido alguna (rarísima) vez se le ocurre recriminarle cualquier cosa o cuestionar alguna acción/opinión. Si la conversación tiene lugar en movimiento, su intensa gimnasia facial viene acompañada de un arrastrar de pies y un encorvamiento de espalda. En ambos casos, el pañuelo de papel hace aparición inmediata y se mantiene en la mano un buen rato para dejar claro que, aunque no haya lágrimas de verdad o estas se sequen, la ofensa ha sido lo suficientemente cruel para causarlas en una pobrecita anciana indefensa. El efecto, para alguien que no hubiese presenciado el origen de tal reacción, es de alguien ha debido de amenazar/insultar muy seriamente a la pobre mujer. Para mi, acostumbrada al volumen y batallas verbales típicos de cualquier hogar español, las 'recriminaciones' de mi marido se me parecen más a las 'quejas' que uno puede hacerle en voz casi melindrosa a un bebé de siete meses: 'uy, cariño mío, cómo se te ocurre hacer eso, mi vida, por favor; mejor no te tiras más leche por la cabeza, corazón'.

Dado que mi suegra no es dada a mostrar emoción alguna, estas reacciones tiene un efecto bumerang garantizado. Mi marido, molesto por lo que sea, olvida de inmediato la razón que le ha llevado a pronunciar la frase recriminatoria/opinión divergente y se acaba sintiendo igual que si le hubiese dado una patada a un corderito. El sentimiento de culpa le dura un par de días y acaba expiando su ofensa con numerosas atenciones hacia su progenitora hasta que la cara y cuerpo de mi suegra recuperan su ángulo habitual. A veces, le pide perdón aunque no esté claro por qué. No sé si es un pulso, pero lo que está claro es que mi suegra siempre sale ganando.

Las cosas son más complejas entre mi madre y yo. Su técnica favorita es, sencillamente, ignorarme. Inspirada en eso de 'a palabras necias, oidos sordos', sigue haciendo/diciendo lo que le da la santa gana sin registrar mi comentario/petición/ruego. Como ya llevo mucho tiempo viviendo entre anglosajones y como estoy intentando ser menos esparavanera de lo que me malacostumbré a ser en mi adolescencia española (ya saben qué dados somos los hispanos al esparaván), llevo años pidiendo las cosas por favor-por favor, en vez de pasar directamente a la ofensiva. Es decir, me inclino por un calmado 'mamá, por favor, no cojas a la niña hasta que acabemos todos de comer; ya sabes que en la guardería ha tenido problemas porque no quería sentarse en su silla y solo quería comer en el regazo de los cuidadores' en vez de un soliviantado 'caray, mamá, pero otra vez!?'. No se piensen, que ir en contra de mis instintos esparavaneros me cuesta. El problema surge cuando repito la opción 'A' tres veces con un tono incrementalmente exasperado (y la tensión subiendo varios puntos con cada ruego) pero la abuela sube a la niña a su regazo y le permite justamente todas las cosas que sus padres acaban de decirle explicitamente que no puede comer/hacer. A la cuarta vez, con el tensiómetro reventado, ya pierdo los papeles y, subida de tono, digo eso de 'caray, mamá, qué demonios te acabo de pedir POR FAVOR tres veces?!'. En ese punto, cuando mi volumen y agitación emocional ya indican que lo de seguir ignorándome por completo ya no es sostenible, mi madre opta por una de varias opciones: 1) Sugerir desequilibrio mental: 'Hija, pero cómo reaccionas; cálmate, cálmate, que no hay razón para ponerse así'; 2) Fingir sorpresa y sordera: 'Pero cómo te pones así, mujer?' Si no te había ni oido; 3) Dejar claro que mi petición le parece una necedad y por lo tanto debo esperar lo de los 'oidos sordos': 'Que más te da; si no tiene importancia (que yo me pase por el arco de triunfo las normas de la casa y le deje claro a tu hija que hacer lo contrario de los que dicen sus padres/le dicen en la guadería es perfectamente razonable)'; 4) Optar por el sofisticado equivalente español de la técnica de chantaje emocional de mi suegra: 'Bueno, nietina, te tengo que bajar que mamá NOS riñe'.

Desde luego que mi madre tiene un abanico de reacciones defensivas mucho más rico que el de mi suegra pero no sabría decir qué versión es más exasperante. Si a alguien se le ocurre algún método para combatir semejantes tácticas maternales, soy todo orejas. Haría lo que fuera por evitar un infarto resultado de un esparaván reprimido (como los que me trago con mi suegra) o uno descontrolado (como los que acaba generándome mi madre).

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