Tuesday, 12 March 2013

Cómo apoyar a unos hijos en apuros

Me he estado planteando si contarles la última. La cosa ha sido demasiado gorda y todavía no me he recuperado del susto ni del disgusto, aparte de la lección cultural que ha venido extra. Además de haber adquirido unas cuantas canas más he tenido que sacar el cuaderno de notas para apuntarme un par de datos importantes, no siendo que se me olviden en algún momento clave.

Una querida amiga ya me ha llamado credúla e inocente. Yo, francamente, si no estuviera tan tocada por los eventos de las últimas dos semanas, pensaría que soy idiota perdida por tener tan poca idea de quién es mi madre y, sobre todo, de quién es suegra.

Fui a que me hicieran la ecografía de las veinte semanas. En la pantalla apareció el bichito, con sus dos manos y sus dos piernas, pateando y revolviéndose a su gusto. Y en la pantalla también apareció algo que al ecógrafo le cortó la charla dicharachera. De ahí, a recepción con el volante para que nos dieran una cita de urgencia con un especialista en medicina fetal. Y de ahí, a casa, a pasar los peores diez días de mi vida.

El indicio sospechoso apuntaba a una enfermedad cromosómica seria. Me harían una amniocentesis y dos análisis; uno que tarda unos pocos días y otro que puede demorarse hasta tres semanas, según se porten las células en el laboratorio. Para el día de la prueba ya nos habíamos leido suficientes artículos clínicos para perder la cordura. En los días de espera que siguieron yo me volví definitivamente loca.

Ni yo ni mi maridín estábamos muy por la labor de hablar del tema con nuestros padres, en parte para no preocuparles pero también para no tener que andar dando extensas explicaciones científicas de cosas muy dolorosas de decir. Yo apenas hablé con mi madre para decirle, a grosso modo, lo que había y para pedirle que no llamase hasta que lo hiciera yo. Mis nervios no estaban ni para charlas cargadas de forzadas esperanzas ('ya verás como no es nada; si eso es muy común... bueno, yo no sé de nadie pero seguro que es común y no quiere decir nada, etc') ni para si quiera aguantar el timbre del teléfono. Mi marido optó por comentárselo a mi suegra casi en el último momento, un par de días antes de la primera tanda de resultados.

Ya saben que mi madre y mi suegra tienen poco que ver y que lo que le sobra a una le falta a la otra. Las diferencias frente a este tema adquirieron distancia sideral. Mi madre se quedó francamente tocada por las noticias y, a pesar de las tonterías nerviosas que soltó después de la primera llamada, empezó a ser más cautelosa en la segunda, mientras esperábamos los primeros resultados de la amnio. Brindó apoyo en lo que hiciera falta y, simplemente, me dijo que se hacía cargo de que estábamos en una situación imposible. También incluyó un par de chorraditas incoherentes en el segundo intercambio, pero no es plan de echárselas en cara tanto como porque la primera incoeherente era yo como porque lo de animar sin caer en el esperpento no es su fuerte. Se notaba, por lo menos, que se estaba esforzando en no meter la pata.

Mi suegra, por el contrario, fue todo empatía, delicadeza y cautela. Frente a la noticia de que parecía altamente probable que su nieto fuese a tener una muy seria enfermedad dijo, sin floritura alguna, que no se nos ocurriera pasar por eso. Nada de preguntar que cómo estábamos, que opciones tendríamos o qué opciones tendría la criatura (todas cosas estresantes y de incierta respuesta pero aceptables preguntas viniendo de una abuela preocupada). No. Simplemente nos dijo que el niño o que viniese bien o que hiciésemos lo propio para que no viniese. Para qué andarse por las ramas o tantear cuál podría ser la perspectiva paternal ante semejante drama. Las cosas claras y el melocotón en lata. O un nieto perfecto o a intentarlo de nuevo, que hacer niños sanos es facilísimo.

Los primeros resultados llegaron ayer y se han descartado varias cosas, gracias a Dios. Queda la segunda tanda.  Pero además de confirmarnos que la criatura no tiene las enfermedades D, C o Q, todo este proceso me ha aclarado, hasta la fecha y sin lugar a dudas, el diagnóstico de Oma bestialis.


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