Sunday, 10 February 2013

Vacaciones pagadas

Ya he hablado de cómo mi madre toma mayormente posesión de nuestra casa cuando viene a vernos. La cosa tiene, desde luego, sus ventajas a pesar de que llegue a agobiar en ocasiones. Pero con agobios y todo, una visita de mi suegra agota lo que cuatro de mi madre.

Mi madre viene a vernos, a cambiar un poco de aires, y a ayudar. Mi suegra viene como quien va a un balneario: a que la abaniquemos, la paseemos y la tengamos en palmitas. Si puede, se trae a alguna amiga para disfrutar juntas de las instalaciones y el programa de entretenimiento. Como se imaginarán, cuando uno trabaja cincuenta horas semanales y tiene una criatura de dos años, una visitilla de esas es rematadora.

Pongo por ejemplo sus últimas vacaciones en Londres. Esta vez vino con su otra nieta, una quinceañera reticente y asustadiza a la que la idea de viajar sin sus padres tenía preocupadísima. La abuela tenía muy claro, como suele tenerlo, dónde quiere ir y, sobre todo, donde quiere que la llevemos. La nieta no tenía ganas de ver nada.

Entre las virtudes de mi suegra no se cuenta el sentido de la orientación; la buena mujer es capaz de perderse en un callejón sin salida. Evidentemente, eso resulta un problema cuando uno viaja a una gran ciudad y los anfitriones (o sea, mi marido y yo) no tienen la delicadeza de cogerse (otra vez) unos días de vacaciones para ejercer de guías. El caso es que esta vez vacaciones no nos quedaban y tampoco estábamos por la labor de pasar diez días de cicerones, menos aún cuando esta debe ser su visita número nueve a Londres. He ahí el primer problema: qué iba a pasar con la adorable pareja? Mi marido cortó por lo sano y decidió quitarse un peso de encima organizándoles taxis para que las pasearan a gusto. Coger un taxi en la calle es, aparentemente, muy complicado así que hubo que organizar puntos de recogida y horarios para que no se vieran en la tesitura de tener que buscar uno ellas solas. Eso, cuando tenemos una parada de autobús a la puerta de casa, una estación de metro con cinco líneas a la vuelta de la esquina y Londres está lleno, pero lleno, de taxis. Por si fuera poco, el alquier de chóferes corrió a costa de la economía familiar a pesar de que mi suegra tiene una pensión equivalente a mi sueldo y ningún gasto más allá de caprichos personales (mi suegro cubre el resto).

Además de los taxis hubo que organizar entradas, dibujar cortas rutas a pie en mapas personalizados... y preparar desayunos y cenas la práctica mayoría de los días. No hay nada como llegar del trabajo machacado y tener a dos invitadas bien paseadas, una con vaso de vino en la mano, esperando en el sofá a que les hagan la cena.

Estúpidamente me maté a cocinar. Que si paté casero, que si un cocido, que si una paella, que si un pato asado, que si yo que sé qué. Algunas cosas salieron decentes y otras, por suerte más que otra cosa, francamente ricas. Supongo que la mayoría no les gustaron nada porque no dijeron ni un gracias ni un qué rico está esto... o ni un qué bien que te lo hagan todo. Me cae al pelo por haberme pasado años diciéndole a mi suegra que es una cocinera estupenda y que todo lo que hace está riquísimo (verdad/mentira muy a medias). Estas navidades no dije ni mú y ya ven ustedes lo que pasó (ver Navidades en Teutonia).

Deglutir nuestras cenas les debió costar mucho, porque las ofertas de recogida de la mesa o fregoteo reinaron por su ausencia. Nosotros bañábamos a la niña, la poníamos a dormir, y bajábamos a recoger la cocina y volver a trabajar mientras que las damas visitantes se recogían con un libro y un ipad a descansar a eso de las nueve, que eso de ir en taxi cansa mucho.

La gota se colmó el día del cumpleaños de mi marido cuando mi suegra anunció que quería ir a un pub a cenar. No preguntó qué le apetecería a mi marido sino que dejó muy claro lo que le apetecía a ella; añadió que como pensaba pagar, pues que era ella quien decidía (sí, ahí perdí una oportunidad de oro para decirle que el próximo taxi que le pagase la iba a llevar a donde a mí me diese la gana). Llegado el día, y a pesar de haberse pasado tres o cuatro días enteros de compras, no apareció ni el más mínimo detalle para su hijo. A pesar de dárselas muy de pastelera, tampoco apareció ningún dulce y eso que mi marido tiene una adicción incontrolada al azúcar. Esa misma noche, nuestra hija estaba con fiebre lo que no le impidió decir con firmeza que ella quería salir a cenar sí o sí, no siendo que alguien sugiese lo contrario... y allá se fueron los tres a 'celebrar'.

De esto han pasado ya un par de meses. El problema es que ayer, por teléfono, y en vistas a que entre el embarazo y varias gripes no damos a basto con casi nada, amenazó con venirse a pasar un mes 'para ayudar, como la última vez'...

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