Friday, 18 January 2013

Navidades en Teutonia

Dieta festiva 


Este año tocó Alemania. Del norte, que es de donde viene mi maridín y toda su familia. Creo que es mi quinta o sexta navidad en familien así que ya debería estar curada de espanto. Desde la comida de navidad a las 10:30 de la mañana hasta la insistencia de mi cuñado en estrechar mi mano con el brazo bien rígido como signo de mayor efusividad. Desde el arbolito con velas de verdad (una maravilla) hasta la cena de nochebuena de un solo plato (eso sí, con guarnición) que te deja con las ganas de caer en excesos intactas.

Este año la cosa era un poco diferente. Era la primera navidad que pasábamos allí con nuestra hija y la primera vez que pisaba tierra norteña embarazada. La niña cumpliría los dos años allí y yo iba en un estado de salud un tanto delicado (arrastrando un catarro-gripe y con vómitos varias veces al día además de nauseas constantes).

Muy inocentemente pensé que mi suegra se molestaría en hacer algo especial para su nieta y que, algún día que otro, habría algo que yo pudiese comer sin que ella tuviera que molestarse en hacer nada especial. Del cumpleaños hablaré otro día. Hoy toca el tema alimentario.

Serán cosas culturales y de gusto personal pero a mi suegra no le entra en la cabeza que a los niños (y a los mayores) les viene bien comer fruta y verduras, además de otras cosas. Como ya vamos preparados para que en la casa no haya más que un par de manzanas y dos o tres mandarinas por cada seis días de estancia (todo especialmente adquirido para nuestra visita), ya fuimos del aeropuerto con una pequeña selección de frutas y verduras para que a la niña no le entrase escorbuto en los diez días que nos tocaba quedarnos por allí. Por supuesto que hubo muchas cejas arqueadas en cada comida cuando a la niña le servíamos alguna que otra cosa procedente del reino vegetal. No obstante, creo que el premio a la mayor parábola descrita con una ceja me lo llevé yo cuando mi suegra: 1) afirmó que estaba encantada de que a mi hija le gustase tanto la mantequilla porque ahí sí que se le veía que tenía genes alemanes y 2) declaró, con profunda convicción, que es esencial comer mucha mantequilla todos los días para asegurarnos de que estamos ingiriendo todas las vitaminas que necesitamos.  Sin comentarios.

Eso en cuanto a la dieta de mi pobre hija que, por otro lado, se dedicó con alegría a lamer mantequilla como si fuera helado en cada comida. Paralelamente corrieron mis propias desventuras alimenticias.

La cosa empezó mal cuando dije que, por alguna razón relacionada a mi embarazo, me estaban sentando fatal los espárragos.  Los puso tres días, siempre nadando en nata. El guiso que sirvió la primera noche y que me cayó como un tiro hizo recalentadas apariciones en tres ocasiones más. Todo lo servido en nochebuena era de lo calificado como 'no permitido' a embarazadas o estaba en la lista de cosas que, por la razón hormonal que sea, garantizan que me pase media hora haciendo reverencias al WC. Idem para la mayoría de comidas que siguieron: quesos sin pasteurizar, huevos apenas pasados por agua, patés, charcutería, ganso ahumado, pescados marinados, etc. El día que le dije que cualquier cosa ligerita me vendría de perlas porque la grasa era lo que peor digería decidió poner fondue. 

Acabé perdiendo casi tres kilos en diez días, un récord en la tierra del yogur con el 14% de grasa y donde el frigorífico familiar siempre cuenta con cinco tipos distintos de nata y tres o cuatro bloques de mantequilla. Y que conste que a mi la gastronomía alemana me gusta y la disfruto.  Otra cosa es que mi suegra me dejase de piedra con su dedicación y persistencia en querer matarme (y a su futuro nieto/a) de inanición. Igual se ofendió porque esta vez, entre nausea y nausea, no tuve ánimos de mentir constantemente diciéndole que estaba todo delicioso (craso error cometido en el pasado). O quizás fue una venganza por bloquear el baño familiar con mis sesiones de vómito. Lo que desde luego no pudo ser es que quisiera ayudarme a estilizar mi figura, máxime cuando mi peso es más o menos la mitad del suyo (bueno, ahora menos, a pesar del embarazo). Si todo fue parte de un plan, le salió perfecto. Eso sí, me subí al avión de regreso jurando que a las Teutonias una menda no vuelve en estado de buena esperanza.



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