Thursday, 27 June 2013

Moda infantil a tres bandas

Cuando nació mi hija, ni a mi madre ni a mi suegra se les ocurrió que los niños de distintos países (como 'los mayores') vestían de maneras diferentes. Por supuesto que tampoco se le pasó por la imaginación que los estilos de vida son tan diferentes que lo que puede resultar útil en un lugar, no vale para nada en otro. Y mucho menos se les ocurrió, y sigue sin entrarles en la mollera, que cada lugar tiene sus manías en cuanto a lo que es o no es razonable hacer con un recién nacido... pero esa es otra historia. La cosa hoy va de 'moda'.

Mi madre, a espaldas mías, puso lana a la aguja e hilo a la tela, y se debió de pasar los últimos seis meses de mi primer embarazo dale que dale a la confección. De su maleta salió un ajuar completo de bebé: baberos ilustres e ilustrísimos, más pares de patucos que zapatos tenía Imelda Marcos, más faldones que trajes de gitana se lucen en la feria de abril, jerseys de todos los modelos (con lazos de seda pasados por presillas porque se temía que de otro modo los cortaríamos en vez de quitarlos solamente; qué razón tenía), más gorros que sombreros en Ascot, toallas, toquillas, arrullos y un casi infinito etcétera de cosas necesarias para transformar a la niña en un bebé a la española (versión años 70).

A mi marido casi le dió un aire cuando vió tantos metros de lazo de seda juntos, aunque alabó la cuidadosa manufactura. Examinó todo con detalle y dijo, con todo algo resignado a la par que agradecido, que por lo menos nos ahorraríamos un pastón en ropa (la vena alemana siempre presente).

A mi suegra, por su parte, no se le ocurrió comprar nada, aunque a los pocos meses, cuando por fin hizo acto de presencia, nos preguntó que si nos traía la ropa de nuestra sobrina. Mi marido, aunque harto de lazos, le dijo que gracias pero que no. Luego me explicó que la niña había ido exclusivamente de amarillo pollo y rojo pasión y que toda su ropa estaba cuajada de patitos, ositos, gnomos y demás figuritas monas. Entre vestir a la niña de piqué en plan retro o cubrirla con modelos ochenteros en poliéster brillante y que la niña pareciera un amago de bandera española recubierta de pitufos, mi marido dijo que optaba por la versión hispana. Cuando después tuve oportunidad de ver algunos de los modelitos teutones, di gracias al cielo por el punto de abeja... que es un poco cursi, sí, pero desde mi humilde punto de vista preferible a los chándales de nailon cuajados de enanitos subidos en setas.

Lo mejor fue cuando mi suegra vió a su nieta por primera vez, vestida de faldón. Iba basante normalita; no era un faldón de esos elaboradísimos, con tira bordada, puntilla y qué se yo, sino uno de piqué blanco mondo y lirondo, sin detalles. Pero a ella solo se le ocurrió pensar que la habíamos vestido con la ropa del bautizo para enseñársela. Cuando la saqué de su error y le abrí el armario de la criatura para mostrarle el faldón (hecho por una tía hace 50 años) que sí íbamos a utilizar para el bautizo, me miró como diciendo 'si-yo-ya-sabía-que-esta-nuera-mía-no-está-bien-del-tanque'.

En los dos años y casi medio que tiene la niña solo ha habido dos ocasiones en que las señora haya dicho que qué guapa que va la niña. La primera vez coincidió con un día de guardería en el que sabíamos que la cosa iba a ir de manualidades y que la cría iba a volver como un Pollock; llevaba lo más maltratado del armario y los colores se daban de tortas unos con otros. Por quedar el conjunto no quedaba ni 'gracioso' ni 'postmoderno'. Era, ni más ni menos, el equivalente infantil de lo que se puede poner uno para ir a una fiesta en un barrizal o para limpiar la parte de atrás de un establo. Según mi suegra, eso sí, la niña iba muy 'chic'. La segunda vez fue cuando la vio vestida con una camiseta con una especio de alfombra de oso de peluche pegado al pecho que ella misma le había comprado (su única contribución al ajuar de la criatura). La camiseta, al tener pelaje incorporado, resulta utilísima para invierno... aunque luego sea de tirantes. Ahí también iba muy 'chic'. 

Hasta ahí, las dos visiones opuestas de madre y suegra. Y qué hay de la nuestra? Pues hemos ido evolucionando. Nos gustan los lazos un pelín más que al principio pero sigue sin gustarnos el nailon arcoiris. El problema es que la mayoría de la ropa para niños en el Reino Unido es, bien espantosa, bien carísima (o las dos cosas) así que hemos empezado a tirar por las cosas más simples del espectro español: vestidos en A  que no tengan el pecho bordado por alguien que sufra de horror vacui, muchas rayas, algunos lunares, camisetas sin proclamas (huyendo del 'I love shopping/barbie', 'I'm so cute', 'Princess', 'Future Pop Star' que se ve por aquí) y pantalones sencillos (por qué esa tendencia a ponerles bolsillos en forma de corazón, rebordes de lentejuelas o botones de strass?). La niña va a la guardería diez horas diarias y, en un país donde la idea de la bata colegial es desconocida, vuelve con una buena costra de témpera, pegamento, tierra y el menú del día. No es raro que la cambien entera dos o tres veces así que casi tenemos que ir con la maleta por la mañana. Los fines de semana se los pasa en el parque o el jardín, rebozándose a base de bien. Si fuera como quiere mi madre, las puntillas le durarían veinte minutos como máximo y no haríamos otra cosa que lavar plumeti a mano. Si fuera como quisiera mi suegra, hace tiempo que habríamos ingresado a la niña con quemaduras de tercer grado (tanto correr y rebozarse por el suelo seguro que habrían hecho que el nailon prendiese). Al final va muy normalita, con ropa práctica y más o menos aceptable desde el punto de vista estético. Si pudiéramos y no nos pesase tanto la conciencia compraríamos cosas más a nuestro gusto, pero el presupuesto no da de sí y el ritmo de vida que lleva en la guardería tampoco lo justifica. Mi madre le compró varias batas colegiales para ver si eso permitía que la niña fuese menos 'disfrazada' a la guardería, pero ni a la niña le gusta ir 'cubierta' ni las cuidadoras pusieron buena cara. Aquí, lo de mancharse forma parte del modelo educativo: se supone que es lo que los niños tienen que hacer.

Al final, estamos descontentos (aunque en distinto grado) todos... menos la niña, a la que por ahora le parece bien casi todo y es feliz con tal de poder hacer lo que le dé la gana sin tener que preocuparse ni por los lazos ni porque le empeore el eczema con telas sintéticas.

Monday, 3 June 2013

Saliéndose con la suya

Tanto mi madre como mi suegra tienen sus propios métodos para salirse con la suya, o por lo menos intentarlo.

Mi suegra echa mano inmediata de un lloriqueo incipiente combinado con gestos de marcada compunción así como una apesadumbraba inclinación de cabeza si a mi marido alguna (rarísima) vez se le ocurre recriminarle cualquier cosa o cuestionar alguna acción/opinión. Si la conversación tiene lugar en movimiento, su intensa gimnasia facial viene acompañada de un arrastrar de pies y un encorvamiento de espalda. En ambos casos, el pañuelo de papel hace aparición inmediata y se mantiene en la mano un buen rato para dejar claro que, aunque no haya lágrimas de verdad o estas se sequen, la ofensa ha sido lo suficientemente cruel para causarlas en una pobrecita anciana indefensa. El efecto, para alguien que no hubiese presenciado el origen de tal reacción, es de alguien ha debido de amenazar/insultar muy seriamente a la pobre mujer. Para mi, acostumbrada al volumen y batallas verbales típicos de cualquier hogar español, las 'recriminaciones' de mi marido se me parecen más a las 'quejas' que uno puede hacerle en voz casi melindrosa a un bebé de siete meses: 'uy, cariño mío, cómo se te ocurre hacer eso, mi vida, por favor; mejor no te tiras más leche por la cabeza, corazón'.

Dado que mi suegra no es dada a mostrar emoción alguna, estas reacciones tiene un efecto bumerang garantizado. Mi marido, molesto por lo que sea, olvida de inmediato la razón que le ha llevado a pronunciar la frase recriminatoria/opinión divergente y se acaba sintiendo igual que si le hubiese dado una patada a un corderito. El sentimiento de culpa le dura un par de días y acaba expiando su ofensa con numerosas atenciones hacia su progenitora hasta que la cara y cuerpo de mi suegra recuperan su ángulo habitual. A veces, le pide perdón aunque no esté claro por qué. No sé si es un pulso, pero lo que está claro es que mi suegra siempre sale ganando.

Las cosas son más complejas entre mi madre y yo. Su técnica favorita es, sencillamente, ignorarme. Inspirada en eso de 'a palabras necias, oidos sordos', sigue haciendo/diciendo lo que le da la santa gana sin registrar mi comentario/petición/ruego. Como ya llevo mucho tiempo viviendo entre anglosajones y como estoy intentando ser menos esparavanera de lo que me malacostumbré a ser en mi adolescencia española (ya saben qué dados somos los hispanos al esparaván), llevo años pidiendo las cosas por favor-por favor, en vez de pasar directamente a la ofensiva. Es decir, me inclino por un calmado 'mamá, por favor, no cojas a la niña hasta que acabemos todos de comer; ya sabes que en la guardería ha tenido problemas porque no quería sentarse en su silla y solo quería comer en el regazo de los cuidadores' en vez de un soliviantado 'caray, mamá, pero otra vez!?'. No se piensen, que ir en contra de mis instintos esparavaneros me cuesta. El problema surge cuando repito la opción 'A' tres veces con un tono incrementalmente exasperado (y la tensión subiendo varios puntos con cada ruego) pero la abuela sube a la niña a su regazo y le permite justamente todas las cosas que sus padres acaban de decirle explicitamente que no puede comer/hacer. A la cuarta vez, con el tensiómetro reventado, ya pierdo los papeles y, subida de tono, digo eso de 'caray, mamá, qué demonios te acabo de pedir POR FAVOR tres veces?!'. En ese punto, cuando mi volumen y agitación emocional ya indican que lo de seguir ignorándome por completo ya no es sostenible, mi madre opta por una de varias opciones: 1) Sugerir desequilibrio mental: 'Hija, pero cómo reaccionas; cálmate, cálmate, que no hay razón para ponerse así'; 2) Fingir sorpresa y sordera: 'Pero cómo te pones así, mujer?' Si no te había ni oido; 3) Dejar claro que mi petición le parece una necedad y por lo tanto debo esperar lo de los 'oidos sordos': 'Que más te da; si no tiene importancia (que yo me pase por el arco de triunfo las normas de la casa y le deje claro a tu hija que hacer lo contrario de los que dicen sus padres/le dicen en la guadería es perfectamente razonable)'; 4) Optar por el sofisticado equivalente español de la técnica de chantaje emocional de mi suegra: 'Bueno, nietina, te tengo que bajar que mamá NOS riñe'.

Desde luego que mi madre tiene un abanico de reacciones defensivas mucho más rico que el de mi suegra pero no sabría decir qué versión es más exasperante. Si a alguien se le ocurre algún método para combatir semejantes tácticas maternales, soy todo orejas. Haría lo que fuera por evitar un infarto resultado de un esparaván reprimido (como los que me trago con mi suegra) o uno descontrolado (como los que acaba generándome mi madre).

Thursday, 30 May 2013

Money, money, money

El tema económico suele acabar teniendo complicaciones cuando, además de madres y suegras, se cruzan tendencias culturales.

Mi marido y yo siempre hemos tenido las cosas muy claras y, aunque cada uno tenemos nuestro sueldo y nuestra cuenta, consideramos que todo es de los dos: la hipoteca, la compra, la guardería, el dentista y lo que sea. No tenemos la situación regimentada así que habrá temporadas que uno pague más que el otro, y al revés. Ni lo controlamos ni tenemos intención alguna de hacerlo.

La única vez que han surgido complicaciones y alguna que otra tensión es cuando nos han llegado  donaciones familiares o cuando es momento de comprar regalos/tener atenciones para nuestros respectivos clanes.

Hoy por hoy mis padres tienen una situación económica cómoda tirando a ajustadica. Dicen que viven bien y tienen todo lo que necesitan pero ni van de viaje, ni salen a tomar nada, ni compran ropa. Mi madre dejó de ir a la peluquería (a la que iba poco) hace varios años y se corta el pelo ella misma, con ayuda de un par de espejos.

Mis suegros van desahogados y gozan de muy generosas pensiones. Mi suegra tiene más pensión que yo sueldo y, como su marido se hace cargo de todos los gastos de comida y de la casa, ella utiliza ese dinero para sus caprichos. Que son muchos. Disfruta de no tener que controlar su dinero y, por ejemplo, compra ropa u objetos de decoración que luego nunca salen de su bolsa además de libros cuya portada le gusta (aunque luego tira a la basura (!) si el primer capítulo no le gusta). El resto se va en lo que los alemanes denominan 'wellness' (masajes, spas, etc) y en viajes, además de en comprar cantidades ingentes de regalos para la nieta mayor (quien, a su vez, tiene tantas cosas que muchas veces ni les quita el plástico).

A mi me da un poco de pena la situación de mis padres porque quisiera que se dieran más alegrías y, aunque me choca el derroche, aplaudo el que mi suegra esté disfrutando de su jubilación. El problema surge cuando sus respectivas filosofías económicas se aplican a sus relaciones con nosotros.

Mis padres nos dieron dinero para pagar la entrada de la casa. Nos pagaron gran parte de la boda y la luna de miel. Mi madre ha aprendido a coser vestidos y ha desempolvado las agujas de punto para hacerle cosas a su nieta; mucho me temo que su mayor gasto debe ser en lana, telas y lazos de seda. Cuando vienen a vernos o cuando vamos a verlos insisten en pagar por todo y lo pasan francamente mal si en algún momento nosotros vamos a la compra o pagamos un vino. Los regalos les chirrían.

Mi suegra no nos dio un clavel para la casa. Hizo que mi suegro contribuyese 'algo' a la boda (pero luego tuvimos que pagar nosotros el hotel en el que se quedaron, así que la contribución se fue en eso). Hasta ahí bien. Creo que los padres españoles se pasan cuatro pueblos en su tendencia a querer hacerlo todo por sus hijos, aunque estos estén creciditos y tengan sus ingresos. El caso es que, como saben, cuando mi suegra viene o, incluso cuando vamos nosotros a Alemania, no solamente espera regalos (o pide cosas directamente), sino que nosotros pagamos por todo (incluso hasta por sus taxis). Por su último cumpleaños pidió una bandeja oval de plata antigua y estilo victoriano que, preferiblemente, debía ser comprada en una tienda concreta de Londres. Casi nada. Pero la cosa no queda ahí: en su momento nos pidió dinero para cambiar parte de su cocina porque su marido se negaba a cubrir ciertos gastos que consideraba exagerados. Cuando, al poco de nacer su nieta pequeña y a sabiendas de todos los gastos que nosotros estábamos afrontando, nos pidió dinero para comprar un pasaje de primera clase a Africa (porque hacer un viaje de placer tan largo en clase turista no era bueno para su espalda), me pareció que la cosa pasaba de castaño oscuro. El caso es que nosotros no nadamos en la abundancia y tiramos hacia lo tacaño:  mi marido, como mi madre, se corta el pelo él mismo porque dice que ir a la peluquería es demasiado caro.

La verdad es que no sé si el teutón le giró dinero para la cocina o para el safari, y prefiero no saberlo. Dice que su madre le educó y que, por lo tanto, tiene una deuda con ella. El problema es que yo tengo la misma deuda con mi madre. La diferencia es que una parece querer que le devuelvan la inversión y la otra no quiere ni hablar del tema. Lo peor es pensar que el dinero que nos han dado mis padres a la larga acaba yéndose (indirectamente) en regalos y atenciones para mi suegra. Qué hacer? Probablemente y para evitar desavenencias entre el teutón y una menda, nada, más allá de evitar que las prácticas de mi suegra lleguen a oídos de mi madre, quien beatíficamente piensa que mi suegra se desvive por nosotros en igual medida que lo hace ella.

Friday, 24 May 2013

Abuela española y post-parto

Cuando me quedé embaraza de nuestra primera hija, mis padres asumieron que yo querría que ellos estuviesen aquí durante semanas y semanas. Creo recordar que habían planificado llegar más de dos semanas antes del parto más una estancia de unas ocho semanas. Se armó la marimorena cuando les dije que preferíamos que no llegasen hasta después que que hubiese nacido la criatura, máxime cuando vivíamos en un piso que no llegaba a los 50m2. Ni ellos ni el resto de la familia española lo entendió mucho. Mi madre me dio la tabarra durante meses para que reconsiderara la situación apelando a que yo no tenía ni idea de la que me esperaba, bla, bla, bla.

Al final llegaron un día antes del día D, más que nada porque el parto se acabó retrasando dos semanas y ellos habían comprado los vuelos con bastante antelación, así que no hubo posibilidades de cambios.

Fue muy bonito verles coger, emocionados, a su nieta en el hospital a las pocas horas de haber nacido. Ahí se acabó la parte idílica del asunto. Las siguientes cuatro semanas fueron una pesadilla y, aunque pueda parecer algo cruel, creo que es la cosa que peor han hecho mis padres por mi en toda su vida. Por supuesto que les he 'perdonado' (sí, ya sé que suena pretencioso) pero lo cierto es que, desde mi punto de vista, estropearon por completo unas semanas que tendrían que haber sido bastante menos complicadas de lo que fueron. En esos días se malogró mi única oportunidad de disfrutar la maternidad primeriza.

La obsesión de mi madre por la criatura y lo que debía de hacer o no hacer con ella me trajo por la calle de la amargura. Pocas veces me he sentido tan angustiada y agobiada en mi vida. Claro que parte debió de ser cortesía de las hormonas pero los comentarios y acciones de mi madre tuvieron el mismo efecto que si me hubiesen conectado a una vía de agentes histerizantes. Lo peor fue el tema de la lactancia: cada vez que la niña lloraba era porque tenía hambre y yo no tenía leche. 'No tienes suficiente. Mi pobrecita niña se muere de hambre'. 'Esta niña lo que tiene es hambre; cómo no va a llorar'. 'Si le doy una ayudita (biberón) ya verás cómo se tranquiliza'. 'Pero otra vez le estás poniendo al pecho? Será mejor esperar a ver si sale algo más en un rato'. Y así hasta la saciedad (que en su caso y en el mío resultaron estar en puntos muy dispares). El caso es que yo estaba desesperada y ella seguía erre que erre. Me empecé a encontrar fatal pero a mi madre solo se le ocurrió decir que eso era lo normal y que menos mal que estaba ella allí. Al final hablé con el hospital y me dijeron que tenía que ingresar de inmediato; la criatura tenía que estar conmigo porque, entre otras cosas, tenía una mastitis bilateral de aúpa y la criatura tenía que ayudarme a sacar todo aquel material del pecho. Mi madre se horrorizó: cómo iba a llevar a su nieta a un hospital?! Supongo que pensó que si se quedaba en casa con ella la niña estaría mucho mejor (bebiendo diez litros de leche y comiendo paella, quizás). El hecho de que yo tuviese 41C de fiebre e infecciones varias era puramente tangencial.

La cosa acabó mal. Al final claudiqué y tuve que dar 'ayuditas' después de cada sesión de pecho. Los dos pechos me sangraron durante meses y, al final, todos (matronas supuestamente pro-lactancia incluídas) se cerraron en banda y me dijeron que tenía que dejar de dar de mamar por completo a las veintipico semanas. Para entonces, la niña apenas tomaba nada y me rehuía con fervor. Para qué trabajar con unos pechos que daban leche rosada (por la sangre de las grietas) cuando la abuelita ofrecía unos sabrosos biberones de donde la leche salía a borbotones.

El otro día le dije a mi madre, con toda la tranquilidad y delicadeza de las que fui capaz, que esperaba que esta vez la cosa fuera mejor entre nosotras y que intentase no agobiarme/se demasiado con el tema del pecho; que yo quería intentarlo con tranquilidad y que si tenía a alguien a diez centímetros de distancia diciéndome constantemente que la cosa no funcionaba, pues que estaba abocada al fracaso y que la experiencia no iba a ser muy agradable. Y que yo quería disfrutar del tiempo que pasase con mi hijo, no como la otra vez.

La voz de mi madre salió a torrente por el teléfono. 'Pues qué paso la otra vez? Que tu te preocupaste innecesariamente y no pudiste darle el pecho cuando simplemente debías haberle dado el biberón y listo?'.

Se avecina marejada. Creo que daré de mamar en el baño, con la puerta trancada y música de fondo.

Temporada turística

Si tenemos suerte y todo sale bien, quedan menos de ocho semanas para que nuestra pequeña familia de tres se convierta en una de cuatro. Para cuando eso ocurra, no obstante, es posible que estemos tan saturados de visitas que cuatro personas nos parezca un grupo muy reducido.

Tanto por el lado teutón como por el peninsular, los últimos acordes del embarazo parecen haber despertado una fiebre de visitas. Hay que venir antes de que pase nada. Ya saben que mi suegra y sobrina nos harán el honor de que las cuidemos y paseemos justo antes del parto. La razón era, supuestamente, que querían vernos y ayudar un poco antes de que llegase el bebé. A medida que pasan los días va quedando claro que todo era pura excusa. En la última llamada teléfonica mi suegra anunció el programa de lo que quiere hacer y a dónde quiere ser llevada. Nada, por supuesto, queda cerca. A todos los sitios que quiere visitar, habría que ir en coche o taxi y pasarse el día fuera. Todos no entramos en el mini-coche que a veces pedimos prestado (cosa que ella sabe) así que debe tener presente que las visitas turísticas que reclama implicarían dejarnos a su nieta pequeña y a mi en casa. Para mí sería un alivio... pero parece que a sus intenciones de venir a 'pasar tiempo juntos' y 'ayudar' están quedando un pelín en entredicho.

También vendrán dos tías teutonas, más simpáticas y 'algo' menos caraduras que mi suegra sobre todo porque ellas dejan claro desde el principio que vienen de vacaciones y que nuestra casa les queda muy a mano para lo que quieren hacer. Esa visita se me hace menos cuesta arriba: será que me caen bien o que la falta de retórica barata para explicar su visita me parece más honesta que las invenciones de mi suegra. Eso sí, casi me me asfixio cuando mi suegra nos dijo (muy amable ella) que ojo con dejarse aprovechar por las tías, que no fuésemos a pagar por todo y hacerles la comida siempre.  Ejem. Y, digo yo, por qué esa filosofía no puede aplicarse a sus visitas?

Para acabar de (des)equilibrar el tema, mis padres también han anunciado su llegada; será un tour previo al desembarco que harán cuando nazca la criatura.  Llevan un par de años intentando traer a mi tía de 88 añitos pero primero porque dicha día estaba ocupándose de otra tía y después porque una operación se cruzó en el camino, no ha podido ser hasta ahora. Las fechas, algo más de un mes antes del parto, no son ideales y la verdad es que el tema no me hace excesiva ilusión. Han prometido hacerse cargo por completo de la tía además de ayudar con la niña... Veremos. El caso es que la tía en su momento nos compró los muebles de media casa así que, aunque no sea buen momento, ser agradecidos es de bien nacidos y queremos hacer lo posible para que disfrute de la visita. Las tías teutonas, por su parte, nos compraron una caja pequeña de mazapanes la última vez que vinieron... mazapanes que, por supuesto, se comieron ellas (hemos recibido 'regalos' similares en otras visitas teutonas que siempre, siempre, acaban en el buche de los benefactores).

Yo me pregunto: por qué será que cuando uno vive fuera todo el mundo asume que, en vez de una vida normal, con horarios de trabajo, compra que hacer, ropa que lavar, etc, parece que uno se dedica únicamente a esperar visitas y entretener visitantes? A mi madre no se le ocurriría desayunar-comer-cenar el mismo día con ninguno de mis hermanos, pero aquí no puede una ni irse a otra habitación cuando están en casa. Y mi suegra tan solo ve a su hija y su familia una vez cada una o dos semanas para una visita regulada de hora y media (de reloj), pero aquí requiere atenciones 24/7.

Hay amores que matan (un poquito, de vez en cuando... porque al final la familia es la familia y la echamos de menos... a veces).


Friday, 12 April 2013

Otra visita turística

Ya les comenté que mi suegra, en vista de las dificultades logísticas que tuvimos que torear hace unas semanas (gripes, vomitonas, crisis médica con el embarazo, pánicos laborales, etc), se había ofrecido a venir 'para ayudar'. Por suerte, y como debiera haber sospechado para así calmarme un poco ante tal amenaza, nada estaba más lejos de sus intenciones.

Las aguas, por suerte, se han ido calmando. Vamos sacando la cabeza a flote, gastamos menos de cuatro paquetes de pañuelos de papel diarios (justitos) y estámos finalmente haciéndonos a la idea de que, con algo más de suerte, seremos una familia de cuatro en el verano. Pero hete aquí que mi suegra ha decidido que, ahora que parece que no hace falta ayudar, quiere vernos, o eso dice. Anoche, sin haber mencionado antes nada, llamó después a hora intempestiva (para ella) además de entre semana (cosa que jamás hace) y dio fecha: dos semanas antes del parto. Y viene, otra vez, con nuestra indolente sobrina quinceañera. La visita será de cinco días 'solamente', no vaya a ser que el parto de adelante y tengan que quedarse ellas a cargo de nada o de nadie (nuestra niña de dos años, por ejemplo).

Era ya noche cerrada cuando mi marido colgó el teléfono y me comunicó la nueva. No sé qué cara puse pero no debió ser buena aunque me mordí la lengua con tanta voluntad como pude. Me concentré en no decir nada demasiado atroz mientras frotaba la cazuela de la cena con ahínco e intentaba distraerme haciendo una lista mental de las cosas que no pienso hacer cuando vengan. Pagar taxis turísticos es una, cocinar, poner y recoger la mesa tres veces al día es otra... pero sé que si no lo hago yo, lo hará el teutón, y qué puedo decirle yo cuando mi madrecita, por mucho que ayude en casa, puede ser de armas tomar y la tendremos aquí una temporada cuando nazca la criatura. También, visto como estoy llevando este embarazo tan complicado, será él quien se ocupe de hacer y deshacer camas, lavar toallas, fregar cazuelas, atiborrar la nevera de comestibles y bebidas aceptables para el paladar norteño y hasta cogerse un día o dos de vacaciones para pasear a las damas. Cosa suya, dirán, pero es que si a una le fastidia que le tomen el pelo, mucho más le molesta que el tratamiento capilar se lo hagan a quien más se quiere; o que me le vayan a fundir las pocas energías que le quedan justo antes de que empiecen las noches toledanas que seguro nos esperan con el bebé. Pero no, no es solo preocupación por mi media naranja, claro está. El cabreo es de raíces profundamente egoístas. Ahora mismo me identifico totalmente con una bruja de la peor calaña a la par que me arrepiento profundamente de no haber hecho el curso básico de vudú que vi una vez anunciado en un periódico pero admito que regalarle a semejante par el que probablemente sea uno (si no el último) fin de semana que podremos pasar como familia de tres y preparando la llegada del bebé me repatea sobremanera. Y si el teutón anuncia que va a cogerse días de vacaciones antes de que nazca la criatura, entonces ya es posible que hasta me ponga de parto.

Bueno, mejor no, no vaya a ser que a la suegra y la sobrina les entre una crisis de ansiedad y me tenga que ir al hospital solita mientra el teutón saca las sales, la infusión de valeriana y un par de botellitas de rioja con lata de aceitunas complementaria para calmarle los ánimos al personal. 

Monday, 8 April 2013

Yo no me meto

Mi madre es un poco como la bolsa: lo mismo está pletórica que empieza a caer en picado de modo impredecible. Si a eso le juntamos que yo, en mi sexto mes de embarazo, debo estar funcionando de manera semejante, las posibilidades de que nos saquemos mutuamente de quicio son más que elevadas. Ultimamente parece que estamos las dos un tanto efervescentes.

Mi madre, como ya he comentado, es muy dada a hacer juicios de valor a la par que afirma que a ella jamás se le ocurriría hacer tal cosa. A mis treinta y todos años todavía no tengo ni idea de si realmente se cree tal afirmación o simplemente lo dice con un toque de sorna imperceptible.

La última llamada telefónica estuvo cargadita de comentarios acerantes. Primero empezaron los apuntes sobre mi sobrina, a la que ella cuida entre semana. La criatura tiene siete meses y los últimos tres o cuatro fines de semana sus padres han empezado a llevarla a la piscina. Mi madre recalcó insistentemente lo sorprendida que está de que la niña todavía no haya cogido pulmonía o algo peor. 'Y a pesar de todo parece que sigue bien'. El 'a pesar de todo' se refiere, dado el tono y demás comentarios satélites con los que no les aburriré, a la terrible irresponsabilidad de sus padres por someter a la criatura a semejante tortura, con todos los riesgos que ello implica. La niña se va al agua encantada. La piscina está climatizada y casi parece una sauna, pero mi madre me aclaró (por si no había entendido) que eso de estar mojando a la criatura fuera de casa y cambiándola de ropa en un lugar público en mitad del día no puede acabar bien. La pulmonía es cosa de tiempo. Cuando le dije que las pulmonías las causan los microorganismos, no el estar en bañador a 25 grados, ella argumentó que en otros países las cosas serían diferentes pero que esas aflicciones las causaba el frío (aunque haya 25 grados) antes de decir, 'bueno, yo en lo que hagan sus padres no me meto'.

De ahí pasamos a una foto que les acababa de mandar en la que aparece mi hija comiendo un helado... en la calle y a unos 12C de temperatura exterior. La pregunta inmediata fue si a la niña ya le habían salido las anginas. Si no lo saben, les informo de que las anginas no son causadas por virus o bacterias sino por consumir helado a menos de 35C. A mi me debieron de dejar comer un helado anual hasta los quince años, cuando empecé yo a agenciarmelos por mi cuenta. Hasta entonces, cualquier aflicción de salud posterior a la consumición del helado en cuestión era efecto irrefutable de la fría temperatura del dulce (el periodo de riesgo, creo recordar, se extendía no menos de dos semanas). Evidentemente, después de un par de clases de biología en el bachillerato y de haberme casado con un científico hace ya una década, he reevaluado las causas de mis catarros infantiles. Le recordé pues a mi madre el papel de  los microoganismos en el desarrollo de las anginas: a mis alegatos científicos le siguió una defensa del saber popular y una afirmación clara de que ella nunca entra a juzgar esas cosas. 'Que cada uno haga lo que quiera pero que aguante las consecuencias'.

La conversación derivó posteriormente por tiraditas con dardo a la boda de un amigo que solicitó traje largo a sus invitados ('cuanto menos son, más quieren pretender ser... pero cada cual que haga lo que quiera; yo no me meto'); el hecho de que mi hija lleva una temporada saliendo a la calle con dos bufandas ('porque su madre la deja ir disfrazada por la calle. Y cómo es que lleva la costura del gorro por delante en esa otra foto? Bueno, que vaya como a ti te parezca'); y su apoyo total a nuestras próximas minivacaciones ('que habéis alquilado un piso en esa zona de Madrid tan peligrosa? Bueno, haced lo que queráis pero eso es como un campo de batalla').

Colgué el teléfono agotada además de sumamente cabreada. Le repetí mi súplica de que no juzgase tanto todo, aunque no esté de acuerdo. Ella concluyó (haciéndose la?) sorprendida: 'Yo? Pero si yo no me meto jamás en lo que haga nadie! Allá cada uno'.


Tuesday, 12 March 2013

Cómo apoyar a unos hijos en apuros

Me he estado planteando si contarles la última. La cosa ha sido demasiado gorda y todavía no me he recuperado del susto ni del disgusto, aparte de la lección cultural que ha venido extra. Además de haber adquirido unas cuantas canas más he tenido que sacar el cuaderno de notas para apuntarme un par de datos importantes, no siendo que se me olviden en algún momento clave.

Una querida amiga ya me ha llamado credúla e inocente. Yo, francamente, si no estuviera tan tocada por los eventos de las últimas dos semanas, pensaría que soy idiota perdida por tener tan poca idea de quién es mi madre y, sobre todo, de quién es suegra.

Fui a que me hicieran la ecografía de las veinte semanas. En la pantalla apareció el bichito, con sus dos manos y sus dos piernas, pateando y revolviéndose a su gusto. Y en la pantalla también apareció algo que al ecógrafo le cortó la charla dicharachera. De ahí, a recepción con el volante para que nos dieran una cita de urgencia con un especialista en medicina fetal. Y de ahí, a casa, a pasar los peores diez días de mi vida.

El indicio sospechoso apuntaba a una enfermedad cromosómica seria. Me harían una amniocentesis y dos análisis; uno que tarda unos pocos días y otro que puede demorarse hasta tres semanas, según se porten las células en el laboratorio. Para el día de la prueba ya nos habíamos leido suficientes artículos clínicos para perder la cordura. En los días de espera que siguieron yo me volví definitivamente loca.

Ni yo ni mi maridín estábamos muy por la labor de hablar del tema con nuestros padres, en parte para no preocuparles pero también para no tener que andar dando extensas explicaciones científicas de cosas muy dolorosas de decir. Yo apenas hablé con mi madre para decirle, a grosso modo, lo que había y para pedirle que no llamase hasta que lo hiciera yo. Mis nervios no estaban ni para charlas cargadas de forzadas esperanzas ('ya verás como no es nada; si eso es muy común... bueno, yo no sé de nadie pero seguro que es común y no quiere decir nada, etc') ni para si quiera aguantar el timbre del teléfono. Mi marido optó por comentárselo a mi suegra casi en el último momento, un par de días antes de la primera tanda de resultados.

Ya saben que mi madre y mi suegra tienen poco que ver y que lo que le sobra a una le falta a la otra. Las diferencias frente a este tema adquirieron distancia sideral. Mi madre se quedó francamente tocada por las noticias y, a pesar de las tonterías nerviosas que soltó después de la primera llamada, empezó a ser más cautelosa en la segunda, mientras esperábamos los primeros resultados de la amnio. Brindó apoyo en lo que hiciera falta y, simplemente, me dijo que se hacía cargo de que estábamos en una situación imposible. También incluyó un par de chorraditas incoherentes en el segundo intercambio, pero no es plan de echárselas en cara tanto como porque la primera incoeherente era yo como porque lo de animar sin caer en el esperpento no es su fuerte. Se notaba, por lo menos, que se estaba esforzando en no meter la pata.

Mi suegra, por el contrario, fue todo empatía, delicadeza y cautela. Frente a la noticia de que parecía altamente probable que su nieto fuese a tener una muy seria enfermedad dijo, sin floritura alguna, que no se nos ocurriera pasar por eso. Nada de preguntar que cómo estábamos, que opciones tendríamos o qué opciones tendría la criatura (todas cosas estresantes y de incierta respuesta pero aceptables preguntas viniendo de una abuela preocupada). No. Simplemente nos dijo que el niño o que viniese bien o que hiciésemos lo propio para que no viniese. Para qué andarse por las ramas o tantear cuál podría ser la perspectiva paternal ante semejante drama. Las cosas claras y el melocotón en lata. O un nieto perfecto o a intentarlo de nuevo, que hacer niños sanos es facilísimo.

Los primeros resultados llegaron ayer y se han descartado varias cosas, gracias a Dios. Queda la segunda tanda.  Pero además de confirmarnos que la criatura no tiene las enfermedades D, C o Q, todo este proceso me ha aclarado, hasta la fecha y sin lugar a dudas, el diagnóstico de Oma bestialis.


Sunday, 10 February 2013

Vacaciones pagadas

Ya he hablado de cómo mi madre toma mayormente posesión de nuestra casa cuando viene a vernos. La cosa tiene, desde luego, sus ventajas a pesar de que llegue a agobiar en ocasiones. Pero con agobios y todo, una visita de mi suegra agota lo que cuatro de mi madre.

Mi madre viene a vernos, a cambiar un poco de aires, y a ayudar. Mi suegra viene como quien va a un balneario: a que la abaniquemos, la paseemos y la tengamos en palmitas. Si puede, se trae a alguna amiga para disfrutar juntas de las instalaciones y el programa de entretenimiento. Como se imaginarán, cuando uno trabaja cincuenta horas semanales y tiene una criatura de dos años, una visitilla de esas es rematadora.

Pongo por ejemplo sus últimas vacaciones en Londres. Esta vez vino con su otra nieta, una quinceañera reticente y asustadiza a la que la idea de viajar sin sus padres tenía preocupadísima. La abuela tenía muy claro, como suele tenerlo, dónde quiere ir y, sobre todo, donde quiere que la llevemos. La nieta no tenía ganas de ver nada.

Entre las virtudes de mi suegra no se cuenta el sentido de la orientación; la buena mujer es capaz de perderse en un callejón sin salida. Evidentemente, eso resulta un problema cuando uno viaja a una gran ciudad y los anfitriones (o sea, mi marido y yo) no tienen la delicadeza de cogerse (otra vez) unos días de vacaciones para ejercer de guías. El caso es que esta vez vacaciones no nos quedaban y tampoco estábamos por la labor de pasar diez días de cicerones, menos aún cuando esta debe ser su visita número nueve a Londres. He ahí el primer problema: qué iba a pasar con la adorable pareja? Mi marido cortó por lo sano y decidió quitarse un peso de encima organizándoles taxis para que las pasearan a gusto. Coger un taxi en la calle es, aparentemente, muy complicado así que hubo que organizar puntos de recogida y horarios para que no se vieran en la tesitura de tener que buscar uno ellas solas. Eso, cuando tenemos una parada de autobús a la puerta de casa, una estación de metro con cinco líneas a la vuelta de la esquina y Londres está lleno, pero lleno, de taxis. Por si fuera poco, el alquier de chóferes corrió a costa de la economía familiar a pesar de que mi suegra tiene una pensión equivalente a mi sueldo y ningún gasto más allá de caprichos personales (mi suegro cubre el resto).

Además de los taxis hubo que organizar entradas, dibujar cortas rutas a pie en mapas personalizados... y preparar desayunos y cenas la práctica mayoría de los días. No hay nada como llegar del trabajo machacado y tener a dos invitadas bien paseadas, una con vaso de vino en la mano, esperando en el sofá a que les hagan la cena.

Estúpidamente me maté a cocinar. Que si paté casero, que si un cocido, que si una paella, que si un pato asado, que si yo que sé qué. Algunas cosas salieron decentes y otras, por suerte más que otra cosa, francamente ricas. Supongo que la mayoría no les gustaron nada porque no dijeron ni un gracias ni un qué rico está esto... o ni un qué bien que te lo hagan todo. Me cae al pelo por haberme pasado años diciéndole a mi suegra que es una cocinera estupenda y que todo lo que hace está riquísimo (verdad/mentira muy a medias). Estas navidades no dije ni mú y ya ven ustedes lo que pasó (ver Navidades en Teutonia).

Deglutir nuestras cenas les debió costar mucho, porque las ofertas de recogida de la mesa o fregoteo reinaron por su ausencia. Nosotros bañábamos a la niña, la poníamos a dormir, y bajábamos a recoger la cocina y volver a trabajar mientras que las damas visitantes se recogían con un libro y un ipad a descansar a eso de las nueve, que eso de ir en taxi cansa mucho.

La gota se colmó el día del cumpleaños de mi marido cuando mi suegra anunció que quería ir a un pub a cenar. No preguntó qué le apetecería a mi marido sino que dejó muy claro lo que le apetecía a ella; añadió que como pensaba pagar, pues que era ella quien decidía (sí, ahí perdí una oportunidad de oro para decirle que el próximo taxi que le pagase la iba a llevar a donde a mí me diese la gana). Llegado el día, y a pesar de haberse pasado tres o cuatro días enteros de compras, no apareció ni el más mínimo detalle para su hijo. A pesar de dárselas muy de pastelera, tampoco apareció ningún dulce y eso que mi marido tiene una adicción incontrolada al azúcar. Esa misma noche, nuestra hija estaba con fiebre lo que no le impidió decir con firmeza que ella quería salir a cenar sí o sí, no siendo que alguien sugiese lo contrario... y allá se fueron los tres a 'celebrar'.

De esto han pasado ya un par de meses. El problema es que ayer, por teléfono, y en vistas a que entre el embarazo y varias gripes no damos a basto con casi nada, amenazó con venirse a pasar un mes 'para ayudar, como la última vez'...

Friday, 25 January 2013

Cura, pero algo sí que duele

A la vuelta de mis memorables navidades 'a régimen' (ver entrada anterior) acabé unos días en el hospital. No es plan de asegurar que mi querida suegra y su constante preocupación por poner a mi disposición únicamente cosas que no podía comer jugasen un papel clave en el deterioro de mi salud, pero la hipótesis queda ahí. El caso es que en vez de atragantarme con las uvas este año, pasé las campanadas conectada a un par de bolsas de suero y otros potajes en la unidad de enfermos agudos de un hospital londinense rodeada de cinco señoras entradas en años y con problemas bastante peores que los míos.

Entre tanto, mi pobre marido estaba en casa con una niña febril. Tan febril que, tras pasar un par de días malos, acabó teniendo un ataque convulsivo que la dejó inconsciente. Otra visita a urgencias.

A la vez que pasaba todo esto, mi madre estaba en España subiéndose por las paredes. Ya antes de saber lo de las convulsiones de su nieta y a pesar de que yo le había mentido descaradamente sobre mi estado de salud, anunció que lo mejor sería que viniese a echar una mano. Apenas unas horas después del salvo inicial llamó otra vez para decir que en 36 horas se personaría en el domicilio familiar. Se debió de pulir la pensión de un par de meses en comprar el vuelo en el último minuto, pero fue dicho y hecho.

Con ella llegó mucho alivio logístico y cierta dosis de agobio emocional. Siempre estoy encantada de ver a mis padres pero ni a ellos les entra en la cabeza que ya no tengo doce años ni que me he acostumbrado a un modo de vida muy diferente al que tuve a lo largo de mis primeras diecisiete primaveras en nuestra ciudad de provincias. Aunque guardo muchas de mis manías españolas, he ido acumulando manías a la inglesa, con toques de influencia germana. El caso es que en el mundo de mi madre no hay sitio para las manías (ajenas), ni los gustos, ni las preferencias. Las cosas son como son. Solo suele haber una respuesta o un modo de actuar. Y ella sabe cuál es.

Mi madre siempre quiere ayudar. Pero también quiere hacer las cosas a su manera, lo cual me parece legítimo al menos en teoría. El caso es que simultáneamente se niega a admitir que está haciendo lo que sea porque ella quiere. Siempre lo hace porque en el fondo ella sabe que es lo que yo quiero. Y si le digo que yo no quiero que haga algo, es porque yo no tengo claro lo que quiero, pero ella sí sabe lo que me conviene. O lo que está bien, que es lo mismo. Y por eso lo hace. Aunque yo le diga que no lo haga, incluso si es por favor.

A veces el resultado es descaradamente a mi favor. Me da cosa que se hinche a planchar cuando viene (toallas, ropa interior y hasta los trapos del suelo de la cocina) y le digo que no lo haga. Eso sí, admito que cuando me encuentro montañas de ropa impecablemente doblada no se me ocurre salirme de mis casillas. Mi marido casi se la come una vez por haber rebuscado en su armario en busca de camisas para planchar, pero esa es otra historia. El caso es que, a pesar del cabreo y del crimen de la trasgesión del espacio privado (noción esencial para un teutón pero desconocida en mi familia) él nunca tuvo tantas camisas tan bien planchadas.

Otras veces, se me cruzan los cables y su buena intención no resulta suficiente para aplacar alguna que otra reacción poco civilizada por mi parte (al estilo de sus salidas de tono en mi adolescencia, que de casta le viene al galgo). Ejemplos seguro que saldrán muchos en este blog, porque esas tensiones de sí y no, de malentendimiento y amores que matan definen cada vez más mi relación con mi madre. Hoy solo mencionaré uno muy breve: estando ya en casa a la vuelta del hospital seguí vomitando a diario. Cosas del embarazo pero, lógicamente, mi madre estaba preocupadísima. Por mi parte, yo estaba más desesperada y agotada que otra cosa. Eso sí, saqué fuerzas de flaqueza para echarle la mayor mirada asesina de la que fui capaz la primera noche cuando me siguió al baño animándome para que intentase no vomitar. Al segundo día desde su llegada, cuando yo ya veía que la siguiente sesión frente al altar de porcelana era inevitable, volvió a decirme: -Hija, aguanta, que necesitas esa nutrición. Ahí ya perdí los papeles (después de volver a una posición vertical).

Ya ven. Mi suegra matándome de hambre y colaborando a que pierda peso en pleno embarazo. Mi madre, por su lado, animándome a que me trague el vómito si hace falta para asegurarse de que engordo (sigue con lo de 'hay que comer por dos). En el medio digo yo que estará la virtud...




Friday, 18 January 2013

Navidades en Teutonia

Dieta festiva 


Este año tocó Alemania. Del norte, que es de donde viene mi maridín y toda su familia. Creo que es mi quinta o sexta navidad en familien así que ya debería estar curada de espanto. Desde la comida de navidad a las 10:30 de la mañana hasta la insistencia de mi cuñado en estrechar mi mano con el brazo bien rígido como signo de mayor efusividad. Desde el arbolito con velas de verdad (una maravilla) hasta la cena de nochebuena de un solo plato (eso sí, con guarnición) que te deja con las ganas de caer en excesos intactas.

Este año la cosa era un poco diferente. Era la primera navidad que pasábamos allí con nuestra hija y la primera vez que pisaba tierra norteña embarazada. La niña cumpliría los dos años allí y yo iba en un estado de salud un tanto delicado (arrastrando un catarro-gripe y con vómitos varias veces al día además de nauseas constantes).

Muy inocentemente pensé que mi suegra se molestaría en hacer algo especial para su nieta y que, algún día que otro, habría algo que yo pudiese comer sin que ella tuviera que molestarse en hacer nada especial. Del cumpleaños hablaré otro día. Hoy toca el tema alimentario.

Serán cosas culturales y de gusto personal pero a mi suegra no le entra en la cabeza que a los niños (y a los mayores) les viene bien comer fruta y verduras, además de otras cosas. Como ya vamos preparados para que en la casa no haya más que un par de manzanas y dos o tres mandarinas por cada seis días de estancia (todo especialmente adquirido para nuestra visita), ya fuimos del aeropuerto con una pequeña selección de frutas y verduras para que a la niña no le entrase escorbuto en los diez días que nos tocaba quedarnos por allí. Por supuesto que hubo muchas cejas arqueadas en cada comida cuando a la niña le servíamos alguna que otra cosa procedente del reino vegetal. No obstante, creo que el premio a la mayor parábola descrita con una ceja me lo llevé yo cuando mi suegra: 1) afirmó que estaba encantada de que a mi hija le gustase tanto la mantequilla porque ahí sí que se le veía que tenía genes alemanes y 2) declaró, con profunda convicción, que es esencial comer mucha mantequilla todos los días para asegurarnos de que estamos ingiriendo todas las vitaminas que necesitamos.  Sin comentarios.

Eso en cuanto a la dieta de mi pobre hija que, por otro lado, se dedicó con alegría a lamer mantequilla como si fuera helado en cada comida. Paralelamente corrieron mis propias desventuras alimenticias.

La cosa empezó mal cuando dije que, por alguna razón relacionada a mi embarazo, me estaban sentando fatal los espárragos.  Los puso tres días, siempre nadando en nata. El guiso que sirvió la primera noche y que me cayó como un tiro hizo recalentadas apariciones en tres ocasiones más. Todo lo servido en nochebuena era de lo calificado como 'no permitido' a embarazadas o estaba en la lista de cosas que, por la razón hormonal que sea, garantizan que me pase media hora haciendo reverencias al WC. Idem para la mayoría de comidas que siguieron: quesos sin pasteurizar, huevos apenas pasados por agua, patés, charcutería, ganso ahumado, pescados marinados, etc. El día que le dije que cualquier cosa ligerita me vendría de perlas porque la grasa era lo que peor digería decidió poner fondue. 

Acabé perdiendo casi tres kilos en diez días, un récord en la tierra del yogur con el 14% de grasa y donde el frigorífico familiar siempre cuenta con cinco tipos distintos de nata y tres o cuatro bloques de mantequilla. Y que conste que a mi la gastronomía alemana me gusta y la disfruto.  Otra cosa es que mi suegra me dejase de piedra con su dedicación y persistencia en querer matarme (y a su futuro nieto/a) de inanición. Igual se ofendió porque esta vez, entre nausea y nausea, no tuve ánimos de mentir constantemente diciéndole que estaba todo delicioso (craso error cometido en el pasado). O quizás fue una venganza por bloquear el baño familiar con mis sesiones de vómito. Lo que desde luego no pudo ser es que quisiera ayudarme a estilizar mi figura, máxime cuando mi peso es más o menos la mitad del suyo (bueno, ahora menos, a pesar del embarazo). Si todo fue parte de un plan, le salió perfecto. Eso sí, me subí al avión de regreso jurando que a las Teutonias una menda no vuelve en estado de buena esperanza.